Eran las doce y Adrián llevaba media hora esperando delante de la estatua. Esa tarde quiso dormir para volver a tener un sueño que le ayudase a descifrar el enigma pero, debido a los nervios que dominaban su cuerpo, no pudo hacerlo. Alos cinco minutos llegó Carlos y, quince minutos después, lo hizo el anciano.
Cuando los tres se hubieron reunido ordenaron las pistas que tenían: el símbolo, la llave, la puerta secreta de la estatua. Lo primero que debían hacer era encontrar la puerta, después ya decidirían sobre la marcha.
Empezaron a buscar la cerradura, pero la estatua era bastante grande, así que les llevó su tiempo encontrarla. La puerta estaba muy disimulada, y era pequeña, así que tuvieron que entrar agachados. El interior estaba hueco y, en el centro, habría una trampilla. La abrieron y descubrieron una escalera que bajaba a lo que parecía ser un sótano. Para comprobar la profundidad lanzaron una piedra, parecía que había bastantes metros de altura.
Carlos se quedó arriba para vigilar que nadie les siguiera y, Adrián y José Luis bajaron las escaleras.
sábado, 21 de febrero de 2009
lunes, 16 de febrero de 2009
La llave del destino 06: El anticuario
Al día siguiente, Adrián se despertó e hizo todas las tareas de la casa rápidamente para que, cuando llegase su amigo, pudiesen ir al centro comercial sin perder tiempo.
Carlos llegó a las diez a casa de Adrián y a los veinte minutos ya habían aparcado el coche en el aparcamiento y se dirigían hacia la tienda de antigüedades.
Allí, Adrián sacó el libro de su mochila y se lo mostró al hombre, que pareció extrañado de nuevo. Entonces, después de dar un fuerte suspiro, les contó lo que sabía sobre el libro y la llave:
-Sucedió hace unos siete años. Yo iba tranquilamente paseando cuando le di despistadamente una patada a algo, bajé la vista y allí estaba la dichosa llave que tantos problemas me trajo después. Decidí llevarla a mi tienda y juntarla con las demás llaves viejas que tenía, pero no se me ocurrió lo que eso me supondría en un futuro.
>>Esa misma noche empecé a tener extraños sueños. Nunca eran iguales pero, en todos ellos, aparecían una caja, una llave y una puerta acompañados de una extraña voz que me decía cosas sobre que buscase la caja y la manera de abrir la puerta. Sí, el libro que salía en mis sueños es éste que me traes, nunca antes lo había visto fuera de mis sueños. La única pista que yo tenía era una estúpida llave. Maldito fue el momento en que la recogí del suelo. Cansado de esos sueños y de pensar qué podía hacer, empecé a dejar de tener ganas de dormir. Eran frecuentes las ocasiones en que pasaba días sin pegar ojo. He tenido esos sueños durante años hasta el día de hoy.
Después de la historia que les contó el hombre, Adrián abrió el libro por la página de la llave y la frase en latín y se la enseñó al vendedor de antigüedades. El hombre les dijo el significado de la fase: La llave que abrirá la puerta del ángel.
No sabían a que ángel se refería el libro. Nunca antes habían oído hablar sobre un ángel que tuviese una puerta. Pero entonces a Carlos le pareció recordar algo.
-¿Dice usted que encontró la llave hace siete años? Adrián, hace siete años que nos conocimos, y fue delante de la estatua de un ángel que tenía un libro en las manos.
-¡Hostia! Es verdad. Ya me parecía a mi que el símbolo del libro lo había visto antes, estaba dibujado en el libro de la estatua. Señor, ¿quiere usted acompañarnos? Necesitaremos su ayuda, ha tenido esos sueños durante muchos años y, si descubrimos el secreto que se esconde detrás de ellos, quizás dejemos de tenerlos los dos.
-Está bien, supongo que puedo ser de utilidad, mi nombre es José Luis.
Al acabar la charla decidieron que esa misma noche los tres se verían en la plaza en la que antiguamente se encontraba el restaurante de los abuelos de Adrián.
Carlos llegó a las diez a casa de Adrián y a los veinte minutos ya habían aparcado el coche en el aparcamiento y se dirigían hacia la tienda de antigüedades.
Allí, Adrián sacó el libro de su mochila y se lo mostró al hombre, que pareció extrañado de nuevo. Entonces, después de dar un fuerte suspiro, les contó lo que sabía sobre el libro y la llave:
-Sucedió hace unos siete años. Yo iba tranquilamente paseando cuando le di despistadamente una patada a algo, bajé la vista y allí estaba la dichosa llave que tantos problemas me trajo después. Decidí llevarla a mi tienda y juntarla con las demás llaves viejas que tenía, pero no se me ocurrió lo que eso me supondría en un futuro.
>>Esa misma noche empecé a tener extraños sueños. Nunca eran iguales pero, en todos ellos, aparecían una caja, una llave y una puerta acompañados de una extraña voz que me decía cosas sobre que buscase la caja y la manera de abrir la puerta. Sí, el libro que salía en mis sueños es éste que me traes, nunca antes lo había visto fuera de mis sueños. La única pista que yo tenía era una estúpida llave. Maldito fue el momento en que la recogí del suelo. Cansado de esos sueños y de pensar qué podía hacer, empecé a dejar de tener ganas de dormir. Eran frecuentes las ocasiones en que pasaba días sin pegar ojo. He tenido esos sueños durante años hasta el día de hoy.
Después de la historia que les contó el hombre, Adrián abrió el libro por la página de la llave y la frase en latín y se la enseñó al vendedor de antigüedades. El hombre les dijo el significado de la fase: La llave que abrirá la puerta del ángel.
No sabían a que ángel se refería el libro. Nunca antes habían oído hablar sobre un ángel que tuviese una puerta. Pero entonces a Carlos le pareció recordar algo.
-¿Dice usted que encontró la llave hace siete años? Adrián, hace siete años que nos conocimos, y fue delante de la estatua de un ángel que tenía un libro en las manos.
-¡Hostia! Es verdad. Ya me parecía a mi que el símbolo del libro lo había visto antes, estaba dibujado en el libro de la estatua. Señor, ¿quiere usted acompañarnos? Necesitaremos su ayuda, ha tenido esos sueños durante muchos años y, si descubrimos el secreto que se esconde detrás de ellos, quizás dejemos de tenerlos los dos.
-Está bien, supongo que puedo ser de utilidad, mi nombre es José Luis.
Al acabar la charla decidieron que esa misma noche los tres se verían en la plaza en la que antiguamente se encontraba el restaurante de los abuelos de Adrián.
miércoles, 11 de febrero de 2009
La llave del destino 05: El interior
Al llegar a casa Adrián dejó la compra en la cocina y, tropezando con todo cuanto había en su camino, se dirigió a toda velocidad a su habitación y sacó la caja de debajo de su cama. El corazón le latía con fuerza, estaba impaciente. Antes de intentar abrirla respiró profundamente e introdujo la llave en la cerradura. La llave encajó perfectamente pero, al intentar darle la vuelta, no giró.
Frustrado se tumbó en la cama y empezó a darle vueltas a la cabeza. Había estado tan convencido de que la llave era la correcta, de que la caja se abriría.
Todo oscureció, seguía tumbado y tenía la vista perdida. No podía distinguir nada, hasta que giró su cabeza hacia su izquierda y vio la caja ahí. Quería incorporarse para intentar abrirla, pero una extraña fuerza invisible le impedía hacerlo. Giró la cabeza, decepcionado, y empezó a desesperarse. Esa estúpida caja se había convertido en su obsesión, no podía dejar de pensar en ella.
Silencio, oscuridad, nada, nada durante un lapso de tiempo indeterminado. Entonces la oscuridad desapareció de golpe, una luz iluminaba la estancia. Se giró y vio la caja abierta, de ella salía una luz intensa, pero seguía sin poder moverse y no pudo mirar el interior. Entonces intentó gritar, pero una voz apagó su grito: Usa la llave. Lo he hecho, pero la llave no es la correcta, pensó. ¿Cómo sabes que la llave no es la correcta? Quizás sea la cerradura la incorrecta. Entonces la luz se desvaneció y la caja se cerró con un golpe seco.
Abrió los ojos, otro sueño. Pero esta vez lo recordaba, y no sólo eso, también recordaba con todo detalle el anterior. Saltó de la cama y sacó la caja. Pensaba que era una estupidez intentar abrirla, ya lo había intentado anteriormente y no había ninguna evidencia que indicase que esta vez se abriría, pero algo en su interior le decía que debía intentarlo, que esta vez se abriría. Así que lo hizo y, esta vez, se abrió.
En el interior había un gran libro del mismo color blanco y con el mismo reloj de arena plateado, pero no había nada escrito en las tapas, así que lo abrió. La primera página estaba en blanco, pasó a la segunda: en blanco, tercera página: nada, cuarta página, quinta, décima página, veinte páginas, cien, doscientas; nada en ninguna de ellas. Cansado de tantos acertijos lanzó el libro contra la pared y, cuando las tapas tocaron el suelo, lanzó un chillido ensordecedor: el libro había caído abierto y parecía que en una de sus páginas había algo escrito. Se lanzó hacia el libro sin pensarlo dos veces y leyó la pequeña frase que había bajo el dibujo de una pequeña llave: Clavis, quae angeli portam aperiet.
Esas palabras parecían escritas en latín, asignatura que nunca había dado en el Instituto. Se pasó horas pensando qué significado podían tener esas palabras. Fue después de llamar a Carlos y explicarle todo lo sucedido cuando recordó la cara que había puesto el anticuario al coger la llave. Decidió que al día siguiente iría de nuevo al centro comercial y Carlos había parecido muy interesado en ese misterio, así que decidió pedirle a su amigo que lo acompañara.
Frustrado se tumbó en la cama y empezó a darle vueltas a la cabeza. Había estado tan convencido de que la llave era la correcta, de que la caja se abriría.
Todo oscureció, seguía tumbado y tenía la vista perdida. No podía distinguir nada, hasta que giró su cabeza hacia su izquierda y vio la caja ahí. Quería incorporarse para intentar abrirla, pero una extraña fuerza invisible le impedía hacerlo. Giró la cabeza, decepcionado, y empezó a desesperarse. Esa estúpida caja se había convertido en su obsesión, no podía dejar de pensar en ella.
Silencio, oscuridad, nada, nada durante un lapso de tiempo indeterminado. Entonces la oscuridad desapareció de golpe, una luz iluminaba la estancia. Se giró y vio la caja abierta, de ella salía una luz intensa, pero seguía sin poder moverse y no pudo mirar el interior. Entonces intentó gritar, pero una voz apagó su grito: Usa la llave. Lo he hecho, pero la llave no es la correcta, pensó. ¿Cómo sabes que la llave no es la correcta? Quizás sea la cerradura la incorrecta. Entonces la luz se desvaneció y la caja se cerró con un golpe seco.
Abrió los ojos, otro sueño. Pero esta vez lo recordaba, y no sólo eso, también recordaba con todo detalle el anterior. Saltó de la cama y sacó la caja. Pensaba que era una estupidez intentar abrirla, ya lo había intentado anteriormente y no había ninguna evidencia que indicase que esta vez se abriría, pero algo en su interior le decía que debía intentarlo, que esta vez se abriría. Así que lo hizo y, esta vez, se abrió.
En el interior había un gran libro del mismo color blanco y con el mismo reloj de arena plateado, pero no había nada escrito en las tapas, así que lo abrió. La primera página estaba en blanco, pasó a la segunda: en blanco, tercera página: nada, cuarta página, quinta, décima página, veinte páginas, cien, doscientas; nada en ninguna de ellas. Cansado de tantos acertijos lanzó el libro contra la pared y, cuando las tapas tocaron el suelo, lanzó un chillido ensordecedor: el libro había caído abierto y parecía que en una de sus páginas había algo escrito. Se lanzó hacia el libro sin pensarlo dos veces y leyó la pequeña frase que había bajo el dibujo de una pequeña llave: Clavis, quae angeli portam aperiet.
Esas palabras parecían escritas en latín, asignatura que nunca había dado en el Instituto. Se pasó horas pensando qué significado podían tener esas palabras. Fue después de llamar a Carlos y explicarle todo lo sucedido cuando recordó la cara que había puesto el anticuario al coger la llave. Decidió que al día siguiente iría de nuevo al centro comercial y Carlos había parecido muy interesado en ese misterio, así que decidió pedirle a su amigo que lo acompañara.
lunes, 9 de febrero de 2009
La llave del destino 04: En el centro comercial
Al llegar al centro comercial aparcaron y se dirigieron hacia el supermercado. Cuando compraron todo lo que Adrián necesitaba fueron a dejar las bolsas al coche y pasearon por las tiendas del lugar. Entre risas y alegría escucharon música y miraron videojuegos en la tienda de discos, probaron diferentes butacas en la sección de muebles e incluso se probaron ropas antiguas en una pequeña y vieja tienda de antigüedades.
Después de descargar toda su energía riéndose con los extraños trajes que Carlos se ponía, se acordó de la caja que tenía debajo de su cama y, movido por un extraño instinto, le preguntó al dueño de la tienda si tenía llaves. El viejo hombre le respondió que sí y le sacó un enorme baúl. En él había llaves de todas las formas y tamaños: llaves antiguas de dimensiones descomunales, pequeñas llaves sin peculiaridad alguna, llaves para candados, llaves plateadas, llaves doradas,… Cuando ya había perdido toda esperanza y le dijo al hombre que las guardase, le pareció ver de reojo un pequeño destello y, gritando, le dijo al hombre que no guardase la caja a la vez que se abalanzaba hacia ella y cogía una pequeña llave plateada. El hombre le dio la llave pero, aunque Adrián no dijese nada, se dio cuenta de la extraña reacción del anciano.
Después de descargar toda su energía riéndose con los extraños trajes que Carlos se ponía, se acordó de la caja que tenía debajo de su cama y, movido por un extraño instinto, le preguntó al dueño de la tienda si tenía llaves. El viejo hombre le respondió que sí y le sacó un enorme baúl. En él había llaves de todas las formas y tamaños: llaves antiguas de dimensiones descomunales, pequeñas llaves sin peculiaridad alguna, llaves para candados, llaves plateadas, llaves doradas,… Cuando ya había perdido toda esperanza y le dijo al hombre que las guardase, le pareció ver de reojo un pequeño destello y, gritando, le dijo al hombre que no guardase la caja a la vez que se abalanzaba hacia ella y cogía una pequeña llave plateada. El hombre le dio la llave pero, aunque Adrián no dijese nada, se dio cuenta de la extraña reacción del anciano.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
la llave del destino 03: Carlos
Era el mes de julio y el sol resplandecía en las calles. Tenía que comprar varias cosas en el centro comercial, pero no tenía coche aún, puesto que tenía diecisiete años recién cumplidos. Con la bicicleta no podría cargar todos los artículos que debía comprar, pero su amigo Carlos se había ofrecido amablemente a acompañarle. Carlos tenía un año más que él. Era un chico alegre, alto, moreno y con esos ojos verdes que a las chicas tanto les gustaba. Eran amigos desde los diez años, y aun podía recordar el día en que se conocieron.
Años atrás, sus abuelos tenían un restaurante y, encima de él, un piso. Adrián iba a comer a la fonda de sus abuelos a menudo, le encantaba el ambiente que reinaba allí. Mientras le hacían la comida bajaba a la cocina a hablar con los cocineros, eran muy graciosos y le gustaba pasar el tiempo allí abajo; otras veces seguía a su abuela de un lado a otro mientras ella hacía su trabajo. Le hacía gracia la velocidad con la que iba de un lado a otro repartiendo platos y, en los pocos momentos en los que descansaba del trabajo, se entretenía imitando sus gestos o ayudándola a solucionar esos crucigramas que tan a menudo ella completaba. En el piso del restaurante tenía una preciosa bicicleta de color naranja y, un día, mientras daba una vuelta con la bicicleta por la plaza del restaurante, vio a un niño sentado a los pies de la estatua de un ángel que tenía en las manos un enorme libro. Adrián se le acercó y le preguntó que hacía allí, pero él simplemente le contestó con una sonrisa y le dijo: ¿A qué no me pillas?, y el chico echó a correr. Desde ese día fueron inseparables.
Al llegar a casa de Carlos tocó el timbre. Le abrió la puerta su madre. La mujer, al ver al muchacho, le ofreció entrar, pero él rechazó la propuesta excusándose con que tenía mucha prisa y que sólo había quedado con Carlos para ir al centro comercial. Su amigo bajó corriendo y los dos se subieron al coche. Era un SEAT IBIZA bastante gastado.
En el trayecto hacia el centro comercial, Adrián le contó a su amigo los pocos detalles que recordaba de su sueño y la extraña sensación que le había dejado. Además conversaron sobre la caja que encontró y pasaron el resto del trayecto dando ideas disparatadas sobre como abrirla.
Años atrás, sus abuelos tenían un restaurante y, encima de él, un piso. Adrián iba a comer a la fonda de sus abuelos a menudo, le encantaba el ambiente que reinaba allí. Mientras le hacían la comida bajaba a la cocina a hablar con los cocineros, eran muy graciosos y le gustaba pasar el tiempo allí abajo; otras veces seguía a su abuela de un lado a otro mientras ella hacía su trabajo. Le hacía gracia la velocidad con la que iba de un lado a otro repartiendo platos y, en los pocos momentos en los que descansaba del trabajo, se entretenía imitando sus gestos o ayudándola a solucionar esos crucigramas que tan a menudo ella completaba. En el piso del restaurante tenía una preciosa bicicleta de color naranja y, un día, mientras daba una vuelta con la bicicleta por la plaza del restaurante, vio a un niño sentado a los pies de la estatua de un ángel que tenía en las manos un enorme libro. Adrián se le acercó y le preguntó que hacía allí, pero él simplemente le contestó con una sonrisa y le dijo: ¿A qué no me pillas?, y el chico echó a correr. Desde ese día fueron inseparables.
Al llegar a casa de Carlos tocó el timbre. Le abrió la puerta su madre. La mujer, al ver al muchacho, le ofreció entrar, pero él rechazó la propuesta excusándose con que tenía mucha prisa y que sólo había quedado con Carlos para ir al centro comercial. Su amigo bajó corriendo y los dos se subieron al coche. Era un SEAT IBIZA bastante gastado.
En el trayecto hacia el centro comercial, Adrián le contó a su amigo los pocos detalles que recordaba de su sueño y la extraña sensación que le había dejado. Además conversaron sobre la caja que encontró y pasaron el resto del trayecto dando ideas disparatadas sobre como abrirla.
domingo, 8 de junio de 2008
La llave del destino 02: La caja
Adrián abrió los ojos, le costó un minuto entero darse cuenta de donde estaba, se hallaba en una cama, en su propia cama. Se sentía extraño, acababa de despertar de un largo sueño, pero, al mismo tiempo, se sentía agotado, como si hubiese estado corriendo durante horas. Cuando consiguió despejar su mente, intentó recordar el sueño que había tenido, aunque habitualmente no los recordaba. Lo único que le venía a la cabeza era que había estado corriendo, aunque también le parecía recordar una voz, pero no estaba seguro de ello.
Se levantó y se asomó a la ventana. Era una noche despejada, la luna iluminaba las calles creando unas sombras espeluznantes, las mismas sombras que, a menudo, la gente confunde con los monstruos que les atemorizan en lo más profundo de su imaginación. Le pareció ver una de esas sombras moverse cerca de una farola que estaba al otro lado de la calle y se frotó los ojos para mirar con más detenimiento. No vio nada, aun estaba adormilado, seguramente se lo había imaginado.
Miró el reloj, marcaba las tres de la mañana, así que decidió volver a sumergirse en los encantos del ensueño, pero tenía la garganta seca, sentía como si el sueño hubiese sido real y estaba tan cansado como si se hubiese pasado las cuatro escasas horas que había dormido corriendo una maratón. Así que se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua, se aclaró la garganta y volvió a meterse en su cama. Sin apenas darle tiempo a volver a pensar en el sueño, se quedó dormido.
Esa misma mañana se despertó a las nueve y media. Tenía cosas que hacer. Sin perder tiempo bajó a desayunar. Sus padres estaban de viaje durante un mes. No tenía hermanos, por lo que tenía que hacer todas las tareas de la casa él mismo. Empezó a preparar el desayuno mientras miraba la televisión. No había ninguna noticia interesante, solo los típicos maltratos o los habituales accidentes que tenían lugar los fines de semana, llevándose por delante multitud de vidas inocentes.
Al acabar el desayuno fue a ducharse y después se vistió con unos vaqueros y una camiseta azul que le regaló su madrina en su pasado cumpleaños. Antes de salir de casa tenía que limpiar un poco la cocina y su habitación, así que se dedicó a ello mientras sonaba de fondo Explosions in the sky, ese grupo de música instrumental que tan a menudo le ayudaba a relajarse.
Cuando acabó de ordenar la habitación decidió ordenar lo que tenía debajo de la cama. Hacía meses que no lo hacía. Sacando trastos encontró una caja blanca con un dibujo de un reloj de arena plateado. No recordaba haber tenido nunca una caja así, pero el símbolo le resultaba familiar, aunque no tenía ni la menor idea de donde lo había visto antes. Intentó abrirla, pero estaba protegida por una sólida cerradura que no tenía el aspecto de ceder con un simple martillazo. Quiso dedicarle más tiempo, pero tenía prisa, así que sin perder más tiempo cogió la cartera, las llaves y el móvil y salió.
Se levantó y se asomó a la ventana. Era una noche despejada, la luna iluminaba las calles creando unas sombras espeluznantes, las mismas sombras que, a menudo, la gente confunde con los monstruos que les atemorizan en lo más profundo de su imaginación. Le pareció ver una de esas sombras moverse cerca de una farola que estaba al otro lado de la calle y se frotó los ojos para mirar con más detenimiento. No vio nada, aun estaba adormilado, seguramente se lo había imaginado.
Miró el reloj, marcaba las tres de la mañana, así que decidió volver a sumergirse en los encantos del ensueño, pero tenía la garganta seca, sentía como si el sueño hubiese sido real y estaba tan cansado como si se hubiese pasado las cuatro escasas horas que había dormido corriendo una maratón. Así que se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua, se aclaró la garganta y volvió a meterse en su cama. Sin apenas darle tiempo a volver a pensar en el sueño, se quedó dormido.
Esa misma mañana se despertó a las nueve y media. Tenía cosas que hacer. Sin perder tiempo bajó a desayunar. Sus padres estaban de viaje durante un mes. No tenía hermanos, por lo que tenía que hacer todas las tareas de la casa él mismo. Empezó a preparar el desayuno mientras miraba la televisión. No había ninguna noticia interesante, solo los típicos maltratos o los habituales accidentes que tenían lugar los fines de semana, llevándose por delante multitud de vidas inocentes.
Al acabar el desayuno fue a ducharse y después se vistió con unos vaqueros y una camiseta azul que le regaló su madrina en su pasado cumpleaños. Antes de salir de casa tenía que limpiar un poco la cocina y su habitación, así que se dedicó a ello mientras sonaba de fondo Explosions in the sky, ese grupo de música instrumental que tan a menudo le ayudaba a relajarse.
Cuando acabó de ordenar la habitación decidió ordenar lo que tenía debajo de la cama. Hacía meses que no lo hacía. Sacando trastos encontró una caja blanca con un dibujo de un reloj de arena plateado. No recordaba haber tenido nunca una caja así, pero el símbolo le resultaba familiar, aunque no tenía ni la menor idea de donde lo había visto antes. Intentó abrirla, pero estaba protegida por una sólida cerradura que no tenía el aspecto de ceder con un simple martillazo. Quiso dedicarle más tiempo, pero tenía prisa, así que sin perder más tiempo cogió la cartera, las llaves y el móvil y salió.
martes, 22 de abril de 2008
La llave del destino 01: Prólogo
Estaba oscuro, pero a lo lejos se podía distinguir una luz mortecina. Empezó a caminar hacía ella pero, a cada paso que daba, parecía como si, en lugar de acercarse, se estuviese alejando. Desesperado, se puso a correr a tal velocidad que no daba crédito a ello. Nada, el pálido fulgor seguía alejándose a cada paso.
Entonces se detuvo, se dejó caer, se dio por vencido y, cuando ya había aceptado su muerte, se oyó una voz que venía de la nada: Levántate, no te des por vencido, ve a la luz y empezará todo.
Él no comprendió, no quiso comprender, se limitó a levantarse y a correr con decisión hacia ese pálido punto resplandeciente que permanecía quieto en el horizonte. No lo podía creer, la luz cada vez estaba más cerca, ya podía distinguir una forma en ese espacio oscuro. Parecía una puerta. Sí, lo era.
Llegó a ella, era una puerta blanca majestuosa, tanto que despedía una luz intensa pero que no dañaba los ojos. Los detalles parecían hechos de un extraño color plateado y en el centro había un dibujo de ese mismo color: un reloj de arena inscrito en una circunferencia. Una vez hubo examinado la puerta, apoyó la mano en el pomo y, unos segundos antes de que se abriese, volvió a oír la voz que decía: Acabas de firmar tu destino, aquí empieza tu historia…
Entonces se detuvo, se dejó caer, se dio por vencido y, cuando ya había aceptado su muerte, se oyó una voz que venía de la nada: Levántate, no te des por vencido, ve a la luz y empezará todo.
Él no comprendió, no quiso comprender, se limitó a levantarse y a correr con decisión hacia ese pálido punto resplandeciente que permanecía quieto en el horizonte. No lo podía creer, la luz cada vez estaba más cerca, ya podía distinguir una forma en ese espacio oscuro. Parecía una puerta. Sí, lo era.
Llegó a ella, era una puerta blanca majestuosa, tanto que despedía una luz intensa pero que no dañaba los ojos. Los detalles parecían hechos de un extraño color plateado y en el centro había un dibujo de ese mismo color: un reloj de arena inscrito en una circunferencia. Una vez hubo examinado la puerta, apoyó la mano en el pomo y, unos segundos antes de que se abriese, volvió a oír la voz que decía: Acabas de firmar tu destino, aquí empieza tu historia…
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