Era el mes de julio y el sol resplandecía en las calles. Tenía que comprar varias cosas en el centro comercial, pero no tenía coche aún, puesto que tenía diecisiete años recién cumplidos. Con la bicicleta no podría cargar todos los artículos que debía comprar, pero su amigo Carlos se había ofrecido amablemente a acompañarle. Carlos tenía un año más que él. Era un chico alegre, alto, moreno y con esos ojos verdes que a las chicas tanto les gustaba. Eran amigos desde los diez años, y aun podía recordar el día en que se conocieron.
Años atrás, sus abuelos tenían un restaurante y, encima de él, un piso. Adrián iba a comer a la fonda de sus abuelos a menudo, le encantaba el ambiente que reinaba allí. Mientras le hacían la comida bajaba a la cocina a hablar con los cocineros, eran muy graciosos y le gustaba pasar el tiempo allí abajo; otras veces seguía a su abuela de un lado a otro mientras ella hacía su trabajo. Le hacía gracia la velocidad con la que iba de un lado a otro repartiendo platos y, en los pocos momentos en los que descansaba del trabajo, se entretenía imitando sus gestos o ayudándola a solucionar esos crucigramas que tan a menudo ella completaba. En el piso del restaurante tenía una preciosa bicicleta de color naranja y, un día, mientras daba una vuelta con la bicicleta por la plaza del restaurante, vio a un niño sentado a los pies de la estatua de un ángel que tenía en las manos un enorme libro. Adrián se le acercó y le preguntó que hacía allí, pero él simplemente le contestó con una sonrisa y le dijo: ¿A qué no me pillas?, y el chico echó a correr. Desde ese día fueron inseparables.
Al llegar a casa de Carlos tocó el timbre. Le abrió la puerta su madre. La mujer, al ver al muchacho, le ofreció entrar, pero él rechazó la propuesta excusándose con que tenía mucha prisa y que sólo había quedado con Carlos para ir al centro comercial. Su amigo bajó corriendo y los dos se subieron al coche. Era un SEAT IBIZA bastante gastado.
En el trayecto hacia el centro comercial, Adrián le contó a su amigo los pocos detalles que recordaba de su sueño y la extraña sensación que le había dejado. Además conversaron sobre la caja que encontró y pasaron el resto del trayecto dando ideas disparatadas sobre como abrirla.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
domingo, 8 de junio de 2008
La llave del destino 02: La caja
Adrián abrió los ojos, le costó un minuto entero darse cuenta de donde estaba, se hallaba en una cama, en su propia cama. Se sentía extraño, acababa de despertar de un largo sueño, pero, al mismo tiempo, se sentía agotado, como si hubiese estado corriendo durante horas. Cuando consiguió despejar su mente, intentó recordar el sueño que había tenido, aunque habitualmente no los recordaba. Lo único que le venía a la cabeza era que había estado corriendo, aunque también le parecía recordar una voz, pero no estaba seguro de ello.
Se levantó y se asomó a la ventana. Era una noche despejada, la luna iluminaba las calles creando unas sombras espeluznantes, las mismas sombras que, a menudo, la gente confunde con los monstruos que les atemorizan en lo más profundo de su imaginación. Le pareció ver una de esas sombras moverse cerca de una farola que estaba al otro lado de la calle y se frotó los ojos para mirar con más detenimiento. No vio nada, aun estaba adormilado, seguramente se lo había imaginado.
Miró el reloj, marcaba las tres de la mañana, así que decidió volver a sumergirse en los encantos del ensueño, pero tenía la garganta seca, sentía como si el sueño hubiese sido real y estaba tan cansado como si se hubiese pasado las cuatro escasas horas que había dormido corriendo una maratón. Así que se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua, se aclaró la garganta y volvió a meterse en su cama. Sin apenas darle tiempo a volver a pensar en el sueño, se quedó dormido.
Esa misma mañana se despertó a las nueve y media. Tenía cosas que hacer. Sin perder tiempo bajó a desayunar. Sus padres estaban de viaje durante un mes. No tenía hermanos, por lo que tenía que hacer todas las tareas de la casa él mismo. Empezó a preparar el desayuno mientras miraba la televisión. No había ninguna noticia interesante, solo los típicos maltratos o los habituales accidentes que tenían lugar los fines de semana, llevándose por delante multitud de vidas inocentes.
Al acabar el desayuno fue a ducharse y después se vistió con unos vaqueros y una camiseta azul que le regaló su madrina en su pasado cumpleaños. Antes de salir de casa tenía que limpiar un poco la cocina y su habitación, así que se dedicó a ello mientras sonaba de fondo Explosions in the sky, ese grupo de música instrumental que tan a menudo le ayudaba a relajarse.
Cuando acabó de ordenar la habitación decidió ordenar lo que tenía debajo de la cama. Hacía meses que no lo hacía. Sacando trastos encontró una caja blanca con un dibujo de un reloj de arena plateado. No recordaba haber tenido nunca una caja así, pero el símbolo le resultaba familiar, aunque no tenía ni la menor idea de donde lo había visto antes. Intentó abrirla, pero estaba protegida por una sólida cerradura que no tenía el aspecto de ceder con un simple martillazo. Quiso dedicarle más tiempo, pero tenía prisa, así que sin perder más tiempo cogió la cartera, las llaves y el móvil y salió.
Se levantó y se asomó a la ventana. Era una noche despejada, la luna iluminaba las calles creando unas sombras espeluznantes, las mismas sombras que, a menudo, la gente confunde con los monstruos que les atemorizan en lo más profundo de su imaginación. Le pareció ver una de esas sombras moverse cerca de una farola que estaba al otro lado de la calle y se frotó los ojos para mirar con más detenimiento. No vio nada, aun estaba adormilado, seguramente se lo había imaginado.
Miró el reloj, marcaba las tres de la mañana, así que decidió volver a sumergirse en los encantos del ensueño, pero tenía la garganta seca, sentía como si el sueño hubiese sido real y estaba tan cansado como si se hubiese pasado las cuatro escasas horas que había dormido corriendo una maratón. Así que se dirigió a la cocina para beber un vaso de agua, se aclaró la garganta y volvió a meterse en su cama. Sin apenas darle tiempo a volver a pensar en el sueño, se quedó dormido.
Esa misma mañana se despertó a las nueve y media. Tenía cosas que hacer. Sin perder tiempo bajó a desayunar. Sus padres estaban de viaje durante un mes. No tenía hermanos, por lo que tenía que hacer todas las tareas de la casa él mismo. Empezó a preparar el desayuno mientras miraba la televisión. No había ninguna noticia interesante, solo los típicos maltratos o los habituales accidentes que tenían lugar los fines de semana, llevándose por delante multitud de vidas inocentes.
Al acabar el desayuno fue a ducharse y después se vistió con unos vaqueros y una camiseta azul que le regaló su madrina en su pasado cumpleaños. Antes de salir de casa tenía que limpiar un poco la cocina y su habitación, así que se dedicó a ello mientras sonaba de fondo Explosions in the sky, ese grupo de música instrumental que tan a menudo le ayudaba a relajarse.
Cuando acabó de ordenar la habitación decidió ordenar lo que tenía debajo de la cama. Hacía meses que no lo hacía. Sacando trastos encontró una caja blanca con un dibujo de un reloj de arena plateado. No recordaba haber tenido nunca una caja así, pero el símbolo le resultaba familiar, aunque no tenía ni la menor idea de donde lo había visto antes. Intentó abrirla, pero estaba protegida por una sólida cerradura que no tenía el aspecto de ceder con un simple martillazo. Quiso dedicarle más tiempo, pero tenía prisa, así que sin perder más tiempo cogió la cartera, las llaves y el móvil y salió.
martes, 22 de abril de 2008
La llave del destino 01: Prólogo
Estaba oscuro, pero a lo lejos se podía distinguir una luz mortecina. Empezó a caminar hacía ella pero, a cada paso que daba, parecía como si, en lugar de acercarse, se estuviese alejando. Desesperado, se puso a correr a tal velocidad que no daba crédito a ello. Nada, el pálido fulgor seguía alejándose a cada paso.
Entonces se detuvo, se dejó caer, se dio por vencido y, cuando ya había aceptado su muerte, se oyó una voz que venía de la nada: Levántate, no te des por vencido, ve a la luz y empezará todo.
Él no comprendió, no quiso comprender, se limitó a levantarse y a correr con decisión hacia ese pálido punto resplandeciente que permanecía quieto en el horizonte. No lo podía creer, la luz cada vez estaba más cerca, ya podía distinguir una forma en ese espacio oscuro. Parecía una puerta. Sí, lo era.
Llegó a ella, era una puerta blanca majestuosa, tanto que despedía una luz intensa pero que no dañaba los ojos. Los detalles parecían hechos de un extraño color plateado y en el centro había un dibujo de ese mismo color: un reloj de arena inscrito en una circunferencia. Una vez hubo examinado la puerta, apoyó la mano en el pomo y, unos segundos antes de que se abriese, volvió a oír la voz que decía: Acabas de firmar tu destino, aquí empieza tu historia…
Entonces se detuvo, se dejó caer, se dio por vencido y, cuando ya había aceptado su muerte, se oyó una voz que venía de la nada: Levántate, no te des por vencido, ve a la luz y empezará todo.
Él no comprendió, no quiso comprender, se limitó a levantarse y a correr con decisión hacia ese pálido punto resplandeciente que permanecía quieto en el horizonte. No lo podía creer, la luz cada vez estaba más cerca, ya podía distinguir una forma en ese espacio oscuro. Parecía una puerta. Sí, lo era.
Llegó a ella, era una puerta blanca majestuosa, tanto que despedía una luz intensa pero que no dañaba los ojos. Los detalles parecían hechos de un extraño color plateado y en el centro había un dibujo de ese mismo color: un reloj de arena inscrito en una circunferencia. Una vez hubo examinado la puerta, apoyó la mano en el pomo y, unos segundos antes de que se abriese, volvió a oír la voz que decía: Acabas de firmar tu destino, aquí empieza tu historia…
miércoles, 12 de marzo de 2008
Una vela
Encontrarás tu vela, puede que sea cuando menos esperes encontrarla, donde menos esperes encontrarla, pero al fin y al cabo la encontrarás, la oscuridad empezará a convertirse en tinieblas y, las tinieblas, poco a poco, en una agradable luz que ilumine el sendero que es tu vida.
Unas humildes palabras
dedicadas a Mayanush_k.
martes, 11 de marzo de 2008
Luz, oscuridad: tinieblas
Estás cansado, tu cuerpo tiembla a causa de todo lo ocurrido: luz, oscuridad, cánticos,… ; pero debes tomar una decisión. ¿Qué harás? Estás arto de cambiar a luz y oscuridad continuamente, pero sientes curiosidad por descubrir el significado que hay detrás de esos cambios, así que, después de meditar largo rato, decides seguir esa extraña luz para entender que ocurre.
Te diriges hacia la luz, pero no puedes vislumbrar que hay en ella, es una luz demasiado cegadora. Parece que hay una puerta mas (¿cuántas puertas hay?, ¿hasta cuando durará esta tortura?). Entras en la puerta, pero durante unos breves segundos te ves cegado por esa luz. Empiezas a distinguir el interior de esa puerta, parece una habitación, todo es blanco y solo hay una pequeña ventana en la estancia. Te acercas a la ventana, la abres y te asomas, pero antes de que de tiempo a ver que hay en el exterior te das la vuelta movido por un escalofrío que te recorre la nuca.
¿Otra vez oscuridad? No, esta vez no es oscuridad. Luz y oscuridad se han unido en tinieblas, tinieblas en las que la oscuridad y la luz no compiten, tinieblas en las que las sombras desaparecen, tinieblas acogedoras. Pero las tinieblas no son más que una mera ilusión. ¿Acaso pueden convivir luz y oscuridad? No, no es posible. Estás confundido así que desesperado decides volver a cruzar la puerta por la que entraste pero te das cuenta de que esa puerta a desaparecido y empiezas a golpear la pared con gritos de rabia.
Todo se queda en silencio. Tinieblas, silencio, desesperación, rabia. Te derrumbas en el suelo con los ojos cerrados y permaneces en silencio durante lo que parecen ser horas hasta que consigues distinguir un sonido dentro de esa atmósfera de terror. ¿Qué es? ¿El mismo cántico que escuchaste anteriormente? No estás seguro, el sonido proviene de la pared que hay al otro lado de la habitación.
Te acercas a esa pared y la inspeccionas, parece hueca, quizás si la golpeases podrías hacerte paso por ella. Te das la vuelta y ves que ha vuelto a aparecer la puerta. ¿Qué harás ahora?
Te diriges hacia la luz, pero no puedes vislumbrar que hay en ella, es una luz demasiado cegadora. Parece que hay una puerta mas (¿cuántas puertas hay?, ¿hasta cuando durará esta tortura?). Entras en la puerta, pero durante unos breves segundos te ves cegado por esa luz. Empiezas a distinguir el interior de esa puerta, parece una habitación, todo es blanco y solo hay una pequeña ventana en la estancia. Te acercas a la ventana, la abres y te asomas, pero antes de que de tiempo a ver que hay en el exterior te das la vuelta movido por un escalofrío que te recorre la nuca.
¿Otra vez oscuridad? No, esta vez no es oscuridad. Luz y oscuridad se han unido en tinieblas, tinieblas en las que la oscuridad y la luz no compiten, tinieblas en las que las sombras desaparecen, tinieblas acogedoras. Pero las tinieblas no son más que una mera ilusión. ¿Acaso pueden convivir luz y oscuridad? No, no es posible. Estás confundido así que desesperado decides volver a cruzar la puerta por la que entraste pero te das cuenta de que esa puerta a desaparecido y empiezas a golpear la pared con gritos de rabia.
Todo se queda en silencio. Tinieblas, silencio, desesperación, rabia. Te derrumbas en el suelo con los ojos cerrados y permaneces en silencio durante lo que parecen ser horas hasta que consigues distinguir un sonido dentro de esa atmósfera de terror. ¿Qué es? ¿El mismo cántico que escuchaste anteriormente? No estás seguro, el sonido proviene de la pared que hay al otro lado de la habitación.
Te acercas a esa pared y la inspeccionas, parece hueca, quizás si la golpeases podrías hacerte paso por ella. Te das la vuelta y ves que ha vuelto a aparecer la puerta. ¿Qué harás ahora?
jueves, 6 de marzo de 2008
Julio, el águila y el ratón.
Hoy en castellano nos an dado una lista de frasecillas y te´niamos que hacer un texto:
- y el ratón- un picotazo
- mierda de tipo
- y es por completo
- Julio
- usted vuelva a alturas vertiginosas
- más todavía
- usted es más hermosa
- atrévete a decir
-atrévete a decir que huelo mal
- que el ave del paraíso- usted huele mejor
- donde sacudirle
- lo acorrala contra una pared de granito
- atrévete a decir que no soy hermosa
- que he visto nunca
- un águila cae como un rayo
- supersónica y estratosférica
- que un litro de colonia
- sobre un ratón
- no me deja ni un claro
- y dice con gran petulancia
- usted es el ave más hermosa-
el águila
Esta es mi versión:
- Julio, atrévete a decir que no soy hermosa, atrévete a decir que huelo mal, que vuelo mal. ¡Mierda de tipo!- dijo el águila.- Más te diré todavía: usted huele mejor que unlitro de colonia, es el ave más hermosa. Para demostrártelo te he traido un obseguio. - Entonces Julio se sacó del bolsillo a un ratón que tenía una mirada asustadiza.- ¡Mierda de tipo! - dijo de nuevo el águila con una sonrisa al mismo tiempo que acorralaba al ratón contra una pared de granito.Un picotazo, silencio... Entonces Julio dijo con gran petulancia:- Y es el ave más hermosa que he visto jamás.
PD: No está demasiado currado, pero tampoco nos han dado mucho tiempo.
- y el ratón- un picotazo
- mierda de tipo
- y es por completo
- Julio
- usted vuelva a alturas vertiginosas
- más todavía
- usted es más hermosa
- atrévete a decir
-atrévete a decir que huelo mal
- que el ave del paraíso- usted huele mejor
- donde sacudirle
- lo acorrala contra una pared de granito
- atrévete a decir que no soy hermosa
- que he visto nunca
- un águila cae como un rayo
- supersónica y estratosférica
- que un litro de colonia
- sobre un ratón
- no me deja ni un claro
- y dice con gran petulancia
- usted es el ave más hermosa-
el águila
Esta es mi versión:
- Julio, atrévete a decir que no soy hermosa, atrévete a decir que huelo mal, que vuelo mal. ¡Mierda de tipo!- dijo el águila.- Más te diré todavía: usted huele mejor que unlitro de colonia, es el ave más hermosa. Para demostrártelo te he traido un obseguio. - Entonces Julio se sacó del bolsillo a un ratón que tenía una mirada asustadiza.- ¡Mierda de tipo! - dijo de nuevo el águila con una sonrisa al mismo tiempo que acorralaba al ratón contra una pared de granito.Un picotazo, silencio... Entonces Julio dijo con gran petulancia:- Y es el ave más hermosa que he visto jamás.
PD: No está demasiado currado, pero tampoco nos han dado mucho tiempo.
martes, 4 de marzo de 2008
Tristeza
Tristeza... un sentimiento inevitable en algunos momentos de la vida. Cuando aparece no hace más que roer en los rincones mas escondidos del alma. Permanece como un parásito que te chupa la sangre, pero que te mantiene vivo para poder seguir alimentándose. ¿Y qué podemos hacer nosotros para evitar esa tristeza? Nada, simplemente esperar con ansias el momento en que esa tristeza, ese roedor, ese parásito desaparezca.
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